Los “Grandes” del Aikido y el “Síndrome del Padre Pío”


Ya sé que voy a hacer que mucha gente se enoje conmigo, sin embargo hoy vamos a hablar de las “Grandes” personalidades del Aikido y del interminable tiovivo alrededor de su nombre. Vamos a reflexionar sobre ese tipo de amor ciego y poseído que muchos muestran por su santo-sensei y sus benditas enseñanzas. También vamos a tratar de entender qué hay detrás de la relativa furia casi religiosa que ciega a muchos a la hora de discutir, examinar, interpretar y en ocasiones criticar el trabajo de los mencionados monstruos sagrados del Aikido

por SIMONE CHIERCHINI

No hace falta perder demasiado tiempo en reafirmar cosas que son obvias para quien ha recibido un mínimo de educación de sus padres: se debe un respeto adecuado a todos aquellos que siguen las formas establecidas de urbanidad, comenzando por los que hicieron historia en su campo, hasta el último de nuestros colegas en el lugar de trabajo o en el dojo de al lado. Sin embargo, este tópico casi trillado a menudo se materializa en actitudes que podrían ser útiles para analizar un poco más de cerca si queremos entender la razón de tantas palabras sobre los “grandes” del Aikido, y sobre la miríada de fotos publicadas en las redes sociales y las continuas discusiones al rojo vivo y groseras en foros de artes marciales de cualquier estilo.

Podemos provocarlos a todos de todas las formas posibles, rayar su auto nuevo, robarles su novia, golpearlos, pero nunca decirles a esos fanáticos que Saito (o Tohei, Shioda, Tada, Yamaguchi… ¡O’Senseiiiiii!) no son necesariamente esas nobles figuras, cristalizadas en una perfección divina técnica, moral y humana, que los adoradores estudiantes de Aikido antes mencionados han creado en su subconsciente y que hace a sus maestros comparables en la devoción que reciben a los santos católicos de tiempos pasados. Al igual que en los viejos tiempos, atreverse a decir que eran (o que son) solo seres humanos, con su grandeza y muchas debilidades, como todos nosotros, puede hacer que se te inscriba en el Índice, que recibas la excomunión del Aiki, o incluso que seas quemado en la hoguera …

Muchos se ofenden hasta la muerte si incluso hay una discusión, por ejemplo, sobre la génesis de los bukiwaza de Iwama, sobre cuál fue el papel de Morihiro Saito, ya sea bien como un sintetizador brillante, bien como un coleccionista servil del trabajo del Fundador, o sobre los orígenes del Aikido mismo: si el Fundador clonó a la Daito, como siempre se ha dicho del otro lado de la cerca, o si lo reinterpretó en un sentido completamente original, como nos han enseñado a decir a los de Aikido, y así sucesivamente. Alineados en equipos a menudo opuestos, armados hasta los dientes con los libros y DVD de su amado sensei, odian ferozmente a los miembros del equipo opuesto que se atreven a hablar sin adorar adecuadamente a sus amores juveniles en hakama (aunque la mayoría de estos chicos tienen ahora canas grises). Todos ellos a menudo se agrupan en un coro pedante dirigido a los pensadores del Aikido por ser “irreverentes y perezosos”. ¿Por qué? Porque no están ocupados solo sudando en el tatami y golpeando con un bokken a los fantasmas 300 horas al día; porque también usan su cerebro y los recursos en papel y video disponibles para intentar comprender mejor lo que están haciendo, quiénes son; que hacen y por qué lo están haciendo.

Hoy en día, gracias a las redes sociales, es posible intercambiar opiniones sobre lo que se pudo haber aprendido en el camino. Esta claro que a veces también hay tontos graduados que abren la boca y hablan de todo sin tener ni idea. Cuando hago estos desafortunados encuentros en las redes sociales, simplemente no presto atención. No dejamos de ir al cine por haber visto una película horrible: simplemente nos aseguramos de recordar el nombre del director y evitarlo en el futuro …

Creo que nunca vale la pena discutir con alguien para defender el “buen nombre” de Morihiro Saito, Jigoro Kano, Platón u Osho, en primer lugar porque no necesitan nuestro mezquino apoyo. En segundo lugar, es mejor ser y seguir siendo amigo de alguien que quizás no ama a John Doe sensei pero que es una muy buena persona, que discutir con ellos en nombre de una pseudo fidelidad a la “Familia”, (dígase “familia” con un acento siciliano) a la que, fíjate, no le importas un comino …

Dicho todo lo anterior, de vez en cuando aparece alguien, sin inmutarse, para sermonearnos, rociar veneno y, a veces, para insultarnos personalmente porque somos unos charlatanes holgazanes. Sin embargo, nos dan sermones en las redes sociales, en las que ellos también están todo el tiempo; de lo contrario, ¿cómo se entrometen continuamente en cosas que dicen que no les interesan, pero de las que son perfectamente conscientes? Sobre todo, a este tipo de personas les encantaría repartir sopapos a diestra y siniestra, para silenciar a quienes, según ellos, ofenden el “buen nombre” de los “Grandes”, aquellos que, sí, de verdad, practicaron Aikido, no como nosotros, mediocres contemporáneos.

En mi opinión, mi colega maestro de Aikido y bloguero Fabio Branno da en el blanco cuando dice que la forma de pensar anterior “(…) esconde las semillas del adoctrinamiento, del oscurantismo y de los límites identificados de antemano”. También compara el mencionado “Himno al silencio y la práctica” [1], tan usado en las redes sociales, con el veneno en la manzana de Blancanieves. Por un lado, este lema puede sonar maravilloso y lleno de sabiduría (y puede que así sea). Por otro lado, cualquier actitud de sujeción reverencial hacia quienes nos precedieron en nuestros pasos -que podemos reproducir a nuestra manera, como dicta la naturaleza- es a la vez la gallina y el huevo del nacimiento y proliferación de todas las organizaciones piramidales de Aikido. Este tipo de cultura resulta en cortarle las alas a cualquier estudiante entusiasta de Aikido, amortiguando su capacidad de crítica (constructiva) y por lo tanto su posibilidad de crecimiento. Cualquiera capaz de pensar libremente puede ver fácilmente que la cultura anterior funciona de acuerdo con el principio neandertal de “yo tengo el grado más alto y yo mando, tú tienes el más bajo y te callas”.

Y como no nos gustan estas organizaciones de Aikido y aborrecemos la gestión social prehistórica disfrazada de democracia, no nos vamos a callar para nada y TAMBIÉN vamos a hablar de los monstruos sagrados del Aikido. ¿Por qué no deberíamos hablar, a lo largo y ancho, de los grandes del Aikido? ¿Cuál es el problema? Se han escrito bibliotecas completas sobre cada uno de los personajes famosos de la historia, el arte, la música y la literatura. No veo que nadie se escandalice por eso. ¿Deberíamos limitarnos a consultar las brillantes biografías de los grandes maestros de Aikido recopiladas por las oficinas de relaciones públicas de los distintos organismos que se refieren a ellos? ¿Esas cosas que a menudo tienen la sinceridad y la espontaneidad de un elogio fúnebre? Decir que no podemos examinar las obras de los grandes maestros porque no somos tan buenos como ellos – y por tanto no somos dignos de hacer comentarios – equivaldría a decir que cualquier forma de análisis literario, artístico o musical no tiene sentido, porque los que escudriñan la obra de Picasso no son tan buenos como Picasso …

Pedir a un estudiante de Aikido que simplemente practique, en lugar de estudiar y razonar (además de practicar), es como pedirle a los creyentes que asisten a Estudios Religiosos e Historia en la universidad que dejen sus estudios y se encierren en una iglesia a orar. ¡El conocimiento es poder! Saber confirma y reconforta sus elecciones, si es correcto, o le ayuda a moverse en una dirección diferente si es necesario. Aquellos que se molestan por la curiosidad de los demás simplemente tienen miedo de descubrir que hacer girar un jo en esta o aquella dirección, a imitación de X o Y, un día podría resultar una pérdida total de tiempo … Siempre he creído que es mejor hacer unos cientos de cortes de bokken menos, para pasar más tiempo de calidad en familia y tener una charla real o virtual con mis Aiki amigos sobre aquello que compartimos.

Otro tema que debe abordarse es el de nuestra amada libertad de expresión (y, en consecuencia, de crítica), uno de los pocos logros relevantes de la era moderna. Por ejemplo, no me gusta Mozart, considerado por muchos como el pináculo del genio musical, ¿y qué? ¿No puedo decirlo? No creo ni un ápice en lo que se refiere a la santidad del Padre Pío, ¿qué quieres hacer al respecto? ¿No puedo discutir esto en las redes sociales? En mi opinión, las políticas contemporáneas de la mayoría de los gobiernos se remontan a algún tipo de fascismo tecnocrático, ¿y qué? ¿Quieres que me quite la libertad de afirmarlo en las redes sociales y me encierre en un confinamiento solitario?

Aunque todos decimos periódicamente nuestra cuota de tonterías, a nadie se le ocurriría renunciar a la facultad de expresarse: esto es porque a todos nos importa nuestra propia libertad de expresión, y mucho, aunque a menudo queremos quitarle ese derecho a otros. Si algunos tienen reservas sobre el trabajo de este o aquel sensei (y quizás rara vez tienen razón), ¿qué deberíamos hacer? ¿Como en los viejos tiempos de la Santa Inquisición? ¿Aquellos que se atreven a salirse de la línea oficial tienen que ser eliminados?

Personalmente, no me gusta especialmente el tipo hipercrítico profesional, pero aún así puedo discutir con ellos. Los que quieren callarme y neutralizarme, sin embargo, me dan escalofríos, porque me recuerdan que nuestra historia pasada común incluyó exiliados, gulags y campos de trabajos forzados. Crucificamos a Jesús, quemamos a Juana de Arco, encarcelamos a Galileo Galilei …

Comentándolo de forma más ligera, debería aceptarse tranquilamente que es parte del alma humana hablar de los “Grandes”, precisamente porque son más visibles. Lo mismo ocurre con la búsqueda de sus “pequeñas debilidades”, de las que a veces están bien dotados. Los gurús del Aikido, TODOS incluidos, no son una excepción: ¡Son humanos!

El Papa Francisco besando el cuerpo del Padre Pío

Y aquí llegamos, finalmente, a lo que he bautizado como el “Síndrome del Padre Pío”: la relación colectiva inconsciente de la comunidad de Aikido con relación a la figura del Fundador del Aikido representada después de su muerte: un cruce entre un personaje de dibujos animados y Merlín el Mago ( “Las historias se han vuelto bastante increíbles desde que Ueshiba Sensei falleció, y ahora la gente lo está viendo moverse instantáneamente o reapareciendo repentinamente a un kilómetro de distancia y otras tonterías. Estuve con Ueshiba Sensei durante mucho tiempo y puedo decirte que no poseía ningún poder sobrenatural”- Koichi Tohei [2]). Ueshiba, el hombre, era reservado, odiaba los honores, el ruido, las organizaciones. Si hubiera querido estar en medio de una especie de carrusel, ¿por qué habría dejado la gloria y el dinero que tenía en Tokio por su pequeño pedazo de tierra y las dificultades en la prefectura de Ibaraki, que, en ese momento, era como mudarse a un sitio donde “Aquí hay dragones”?

Si absurdamente volviera a la vida hoy y viera sus estatuas y todas esas fotos colgadas a derecha e izquierda, si leyera todo lo que se le atribuye a nombre suyo (la mayoría de las veces sin ningún soporte documental) y, sobre todo, si viera todo que muchos hacen después de haber mencionado sabiamente sus doka (y no estoy hablando de técnicas), dudo que estuviera contento. Probablemente seríamos testigos de uno de esos famosos estallidos de ira que le caracterizaron y que en cambio están bien documentados, pero ocultos por la hagiografía oficial.

Luego, como un buen viejo astuto, recurriría a los cirujanos plásticos faciales, cambiaria su nombre y se escondería en algún otro Iwama perdido Dios sabe dónde, bien lejos de todo ese ruido y toda esa basura, y del amor histérico de demasiadas personas hambrientas de aprobación personal y de respaldo a sus acciones.

Notes

[1] Comentario en un mensaje de Facebook

[2] Pranin Stanley, Interview with Koichi Tohei, Aikido Journal, 1995 https://aikidojournal.com/2015/07/07/interview-with-koichi-tohei-1/

Copyright Simone Chierchini ©2012
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Traducción al castellano de Juantxo Ruiz


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